Sunday, September 11, 2005

Pésames, hallazgos, consuelos...

1. Pésames
1.1. A Diana, por sus quebrantos digestivos y molares
1.2. A la Locombiana, por el irreparable fallecimiento de su disco duro
1.3. A Hilda, por su insomnio

2. Hallazgos
Mal que bien, los que escribimos aquí contamos algo de nosotros mismos.
2.1. David Moreno confesó que pertenece a alguna generación del 92 (qué bueno que no resultó de la
generación del 98 y que no fue compañero de banca de Pío Baroja y Unamuno).
2.2. De Pensativa sabemos que cuenta con una oficina, que no va a ella los domingos y que tiene una mamá desnaturalizada y sin entrañas que ese día de la semana la tortura enviándole las Navegaciones.
2.3. Diana empieza por revelarnos que es una bloguera veterana y una curtida exploradora de la red, luego nos hizo partícipes de sus “inhibiciones y fobias sociales” y luego se lanza a confesar padecimientos mucho más severos: infección estomacal y crisis molar simultáneas.
2.4. Luego, sabemos que la Locombiana anduvo paseando por el blog de Hilda; que, tal vez sin ninguna relación causa-efecto con el dato anterior, perdió toda la información de su disco duro y, por añadidura, que tiene el virus de la narrativa (“varios posibles relatos que ya jamás verán la luz de una tinta impresa”).
2.5. Hilda, por su parte, ya enseñó un par de cobres: que es bloguera asumida y de que da clases en una prepa.
2.6. Pietro, mi querido tocayo, de plano se balconeó como primo del que escribe, el cual aprovecha la pasadita para anunciar al respetable y al susodicho la enorme alegría que me causa el encuentro, así sea en esta virtualidad.
2.7. Y ya hasta me da pudor hacer el recuento de las intimidades (mentales, horarias y demás) que he vertido aquí.

3. Consuelos
3.1. Locombiana: Toda pérdida es una purificación. La poda propicia crecimiento. Después de la mortandad de una guerra siempre viene una explosión demográfica (esto último es espantoso y dudo que pueda ser un consuelo para nadie).
3.2. Diana: Nunca he leído ni escuchado las expresiones “infección estomacal” “muela del juicio”, asociadas a ésta otra, “padecimiento terminal”.

* * *

Había escrito, en un apartado 3.3, y como un consuelo posible para las cavilaciones nocturnas de Hilda, “a los idiotas no les da insomnio”, pero entonces me quedé dormido. No, ya en serio, y retomando el más reciente comentario de la susodicha y el de mi primus illinoiensis, encuentro dos actitudes posibles tras el bloguero y su público: inteligente, la primera, cuando se establece una especie de juego de las escondidas. Las reglas son simples: yo me escondo, tú me descubres. Cualquiera que haya realizado un análisis de texto sabrá a qué me refiero. Cualquiera que haya construido un objeto textual digno de ser analizado (esos son más escasos) sabrá a qué me refiero. A fin de cuentas, un texto es un programa o, si lo prefieren, el trazo de un laberinto, por el cual, sabemos de antemano, transitará un ratón en busca del queso. Un texto es un montaje de acontecimientos (emociones, percepciones, sensaciones, reflexiones) que habrán de ocurrir en la cabeza del lector conforme éste vaya avanzando por el laberinto, buscando un queso que a lo mejor ni existe, que tal vez sea como la “
búsqueda de la verdadera cebolla” que refiere Sabines. Una consideración fundamental: el juego de las escondidas consiste en esconderse, no en desaparecer; un escondido ha de ser encontrable para que el juego pueda establecerse; un desaparecido, en cambio, no es un juego, sino materia de trabajo de las organizaciones de derechos humanos.

Segunda posibilidad: así como otros animales marcan su territorio, los humanos, además de hacer otro tanto con nuestro espacio, vivimos tiranizados por la pulsión de dejar nuestra marca en el tiempo. En el fondo, no hay ninguna diferencia entre quien que tasajea la corteza de un árbol para escribir ahí su nombre y quien se hace inscribir en escritura lapidaria en un monumento público. Una variante de este afán de trascendencia, visibilidad y notoriedad que parece estar interconstruido en nuestra sopa de hormonas y neuronas es el síndrome de la cámara (las actitudes protagónicas, “un saludo a mi tía”, etc.) o el irresistible sentido de posesión que se apodera de nosotros cuando nos cae un micrófono en las garras (o un teclado: ya córtale, Pedro Miguel). En esos casos, el segundo jugador no tiene juego intelectual posible; es un mero curioso, como los que se juntan a contemplar un accidente automovilístico, los lectorados de revistas de chismes de la farándula o los bienaventurados que sucumben ante los encantos del ojo de una cerradura. Mentira: por las cerraduras modernas no se puede ver una chingada.

Domingo, una y cuarto de la mañana, y con desasosiego.

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